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Hong Kong, ¿un oasis de libertad?
 
Hong Kong
 
2/01/2008
 

Pekín cedió a Gran Bretaña una isla rocosa y semidesierta y en 1997 le devolvieron la llamada Perla de Oriente, una ciudad envidiada por sus rascacielos, su creciente economía, su modernidad y su actividad frenética. A los 10 años de estar sometida al poder del Gobierno de China, Hong Kong sigue manteniendo su espíritu pero ya nada puede hacerse sin el consentimiento de las autoridades de Pekín, que ven en la isla una amenaza al sistema autoritario que impera en el país. Se ha pasado del lema «Un país, dos sistemas», a otro mucho más adecuado al Gobierno: «Un país, un sistema». Pese a todo, Hong Kong sigue disfrutando de una autonomía que le permite contar con su propio ritmo de vida, el del voraz capitalismo de sus millonarios habitantes.

Al contemplar la que probablemente es la vista urbana más espectacular del mundo, con los rascacielos iluminados de Central, Admiralty y Wanchai erigiéndose imponentes sobre el Puerto Perfumado, es difícil imaginar mejor negocio que el que Deng Xiaoping cerró para China años antes de morir. Pekín había cedido siglo y medio antes una roca semidesierta e insignificante y le devolvían el Nueva York de Oriente, la ciudad de los sueños y el dinero, uno de los pocos sitios donde uno puede amanecer sin un duro y acostarse millonario. Y viceversa.

Todos esos rascacielos, tan pegados unos a otros que a veces tienes la sensación de poder asomarte a la ventana y tocar el edificio de enfrente, surgen de los rincones más insospechados como inmensos símbolos del poder y el dinero. Ni el adiós británico el 1 de julio de 1997 ni la recuperación de la soberanía china han cambiado la esencia del lugar. Hong Kong sigue siendo, por encima de todo, Hong Kong: mezcla de Oriente y Occidente, tradición y futuro, capitalismo y más capitalismo. «Nada ha cambiado en estos años», dice el viejo Yu Kong Man, un pescador del puerto de Aberdeen. «En el mar unos días hay más peces que otros. En Hong Kong, los ricos se hacen más ricos unos días que otros».

La ceremonia del 1 de julio de 1997, con la imagen del Britannia abandonando el puerto con los últimos regidores británicos entre lágrimas, supuso para la isla el cambio de un imperio por otro. Los temores de quienes creían que Pekín aplicaría en el territorio la represión que le mantiene en el poder en la China continental, arrollando la autonomía que se había comprometido a mantener bajo el principio de «un país, dos sistemas», nunca llegaron a cumplirse. Los vaticinios de quienes creían que Hong Kong podría seguir tomando sus propias decisiones, tampoco.

De forma sutil pero constante, el régimen comunista chino ha ido erosionando la independencia de Hong Kong hasta lograr que los políticos y empresarios locales no hagan nada sin el consentimiento del Partido Comunista, a menudo adelantándose a sus deseos. A su vez, la isla continúa siendo un oasis de libertad, el único lugar de China donde sus ciudadanos pueden manifestarse sin terminar entre rejas, los periodistas criticar a sus gobernantes sin ser despedidos y los ciudadanos dormir sin temor a una llamada de la autoridad a medianoche.

Martin Lee, uno de los activistas democráticos más veteranos de la isla, asegura que el mantenimiento de ciertas libertades no puede ocultar la defunción del modelo «un país, dos sistemas» con el que Deng convenció a Margaret Thatcher de que había llegado la hora de devolver a Pekín la joya de la Corona. «Ahora vivimos en 'un país, un sistema'», dice Lee. «Gente en Pekín gobernando Hong Kong con un control exhaustivo».

La ex colonia se erige hoy como símbolo de la contradicción de un régimen chino que siempre ha justificado el mantenimiento de su dictadura en la necesidad de dar prioridad a la educación y desarrollo económico de su población. He aquí una isla con una de las poblaciones más educadas y ricas del mundo, pero que tras una década bajo soberanía china, sigue sin poder elegir a sus representantes. La Ley Básica, la mini Constitución que rige los destinos de Hong Kong, deja abierta la posibilidad de que el territorio escoja a su líder por sufragio universal, pero Pekín ya ha anunciado que no tiene ninguna prisa por cambiar un sistema que le permite hacerlo a dedo. El nuevo esplendor económico que vive la isla ha desinflado las ansias democráticas de una población que en 2003 salió masivamente a la calle para defender la democracia. Por un momento, los hongkoneses parecían dispuestos a rebelarse contra el mito que se les presenta desinteresados en la política o cualquier otra cosa que no sea dinero. Y ahora que vuelve a llover en Hong Kong como en los mejores tiempos, las ansias democráticas pueden esperar.

La Bolsa ha alcanzado records históricos, los mejores y más caros restaurantes están llenos y los hijos de los inmigrantes chinos que levantaron este milagro capitalista tras huir de la China de Mao pasean sus Ferrari rojos por al avenida Queens a la espera de tomar el relevo de los negocios familiares. Los alquileres de las casas han vuelto a recuperar los precios prohibitivos del pasado, con los tiburones financieros pagando alquileres de hasta 20.000 euros al mes por los mejores apartamentos del Peak, una de las zonas más exclusivas. «¿Política?», repite Albert Chen al volante de un Porsche descapotable, aparcado a la entrada de la exclusiva discoteca Dragon-I, en el distrito Central. «Esta es la ciudad del dinero».

El hecho de que oficialmente la isla esté bajo soberanía de un país comunista es apenas una anécdota ahora que la madre patria abraza el capitalismo con tanto o más entusiasmo que Hong Kong. El territorio ha vuelto a ser declarado este año sede de la economía más libre del mundo por el Indice de Libertad Económica. Los comercios se abren y se cierran a tal velocidad que basta ausentarse unos meses para no reconocer la calle en la que uno había estado. Si la expresión libertinaje capitalista tiene sentido en algún sitio, es en Hong Kong, y esa ha sido la clave de la transformación de lo que hace apenas un siglo y medio era una aldea pobre en un rincón olvidado del Mar del Sur de China.

Los británicos encontraron en este puerto insignificante una base desde la que adormecer al pueblo chino con su comercio de opio, que la Compañía de Las Indias vendía a cambio de sedas, plata, jade, especias y tesoros orientales. Una de las versiones de la historia, que siempre es un borrador de sí misma, asegura que el funcionario imperial Lin Zexu decidió acabar con el negocio de los extranjeros arrojando al mar una gran partida de 20.000 cajas de opio, sin saber que con su osadía estaba abriendo las puertas de China al mundo. Los ingleses aprovecharon la afrenta para hundir la birriosa armada local, marchar hasta Nankín y aceptar gustosos como botín de su triunfo la isla de Hong Kong.

La ciudad fue al principio un oasis para miles de chinos que huyeron primero de la ocupación japonesa y después de las enfermizas políticas de Mao en la China continental. Sus puertas, sin embargo, estaban cerradas. Hong Kong era el sueño prohibido. Miles lo alcanzaron llegando en barco o cruzando la frontera a través de puestos como el de Lo Wu. Los recién llegados se hacinaron en barriadas pobres, pero con el tiempo el Gobierno construyó para ellos viviendas, y el instinto comercial del pueblo chino, sin las trabas que el comunismo imponía en la China continental, hizo el resto.

La mayor parte de la población de Hong Kong la forman hoy aquellos inmigrantes, sus padres, abuelos y descendientes. Unos tuvieron suerte, como Li Ka Shing, que llegó a Hong Kong con 12 años y hoy tiene una de las grandes fortunas del mundo. Es imposible vivir en esta ciudad y no ingresar dinero en la cuenta de los Li. Compras en un supermercado y tienes un 50% de posibilidades de que sea de la familia Li; haces una llamada de teléfono y cada minuto de conversación es dinero para la familia Li; enciendes la luz y la compañía de los Li te enviará el recibo a casa; compra una casa y probablemente te habrás hipotecado para hacer un poco más ricos a los Li. Otros, en cambio, tuvieron menos suerte. Los ancianos que se hacinan en pisos compartidos de las barriadas de Mongkok, por ejemplo. Cientos de ellos viven en pequeñas jaulas de un metro de altura por dos de largo en las que deben dormir acurrucados junto a decenas de personas en su misma situación. Hong Kong, en su imparable carrera hacia la riqueza, nunca ha tenido tiempo de pararse a esperar a los que se quedaban atrás.

El futuro de la ex colonia está ligado, hoy más que nunca, a China. Hong Kong se ha convertido en el puente entre el gigante asiático y el resto del mundo. Ni Shangai ni Singapur, dos de sus competidores, han podido desafiar su cetro como capital financiera de Asia. El mérito de la isla es haber mantenido su identidad prácticamente intocable durante esta última década bajo una China continental emergente. Los hongkoneses han dejado de mirar a sus compatriotas por debajo del hombro, pero no han renunciado a mantener las peculiaridades que la han hecho única. Cuando se le pregunta al hongkonés sobre su nacionalidad, la respuesta más común es «chino de Hong Kong», la frase con la que los locales siguen tratando de diferenciarse de los restantes 1.400 millones de chinos. Quizá porque el Puerto Perfumado nunca fue británico del todo y tampoco regresó del todo a los brazos de la madre patria hace 10 años.